El espejo de Paquita Salas

¿Por qué nos caerán tan bien los pringados en la ficción? ¿Cómo somos capaces de llegar a simpatizar con personajes como Juan Cuesta o Larry David cuando en nuestra cotidianidad los aborreceríamos e incluso los detestaríamos?

Las historias de perdedores pueden resultar sugerentes si son capaces de canalizar penurias mediante una dosis precisa de humor y reflexión. La ficción ha sabido desmelenarse a la hora de alejarse de aquellos protagonistas con pintas de galanes hercúleos. Ahora, muchos relatos se centran en el encanto de lo vulgar, de quienes no siempre ganan por su destreza o, simplemente, por su atractivo.

Al fijarnos en las redes sociales, somos los mortales quienes hemos tomado el relevo a la hora de exhibir atributos. No nos extrañemos de consumir imágenes bajo la fricción del dedo galopante que sube y baja sobre la pantalla de un teléfono móvil. Las redes existen y persisten como ese remolino de estímulos inabarcable. Abducidos por la nube, damos vueltas por las vistas y los comentarios que señalan los demás. Aparentemente, las redes sociales parecen sublimar lo que contienen. Dicho de otra manera: para muchos, el mundo se ve mejor a través de una pantalla, de ese encuadre que filtramos y coloreamos a nuestro gusto.

En redes queremos molar y nuestras desventuras las dejamos para la ficción, en manos de personajes como Paquita Salas: seres endebles que sacan fuerzas de flaqueza, seres con los que podemos identificarnos en secreto. Preferimos reconocernos en ellos antes que con cualquier persona real, o peor aún, con nosotros mismos. Si las calamidades del personaje coinciden con las nuestras, la empatía surge.

Paquita Salas es una representante artística de capa caída que acompañó a algunos de los rostros más conocidos de la interpretación en España. Sin embargo, esta prototípica señora de los 90 se ve apretujada por un ámbito que sucumbe ante el pundonor y las apariencias. La actriz fetiche de su agencia, Macarena García, la abandona para adentrarse en nuevos círculos profesionales. En ese momento, la dulce e histriónica Paquita -bipolaridad encantadora- lucha por no quedarse atrás en la profesión y despuntar con un nuevo rostro que catapultar a la fama.

Esta premisa huele a realismo cómico, pero algunos se quedan perplejos al ver a un veinteañero rellenito vestido de señora, con su peluca y su bolso de skay. Antes de reflejarnos en el cristalino espejo de Paquita Salas, deberíamos sacarle brillo a quien se sitúa al otro lado del cristal: Brays Efe. Si sólo os quedáis con las imágenes promocionales, puede que desterréis la idea de ver esa clase de comedia y premeditéis una historieta dada a la brocha gorda. Pero ese chavalín maquillado no sólo ha conseguido dotar de credibilidad al personaje, sino de ternura. Javier Calvo y Javier Ambrossi se volcaron con este actor revelación para que el espectador viese en el espejo al personaje y no a la persona.
Paquita
Se llama Paquita Salas y es representante.
Paquita Salas ha declarado su propio universo, el cual se refleja cristalinamente sobre el nuestro. La pobre no da una, y enseguida la reconocemos en sus chasquidos nerviosos, en sus coletillas de la calle, en su bolsa de panchitos o en sus problemas con la tecnología. Del mismo modo, son muchos quienes se han interpretado a sí mismos frente al espejo para reírse de su propio reflejo, profesionales prolíficos como Lidia San José, Natalia de Molina o Belinda Washington. Pero lo más importante que refleja Paquita Salas a base de risas es que la realidad no tiene el glamour que transmiten los medios, ya sea en una portada, en una pantalla o en una red social. Hay actrices que van en chándal, hay directores que comen perritos calientes y hay licenciados en marketing que no saben abrir un correo de la bandeja de spam. Y no pasa nada. Es más, hasta nos alegramos de que parezcan humanos.

Macarena García le dice a Paquita en el primer capítulo: "No me siento cómoda con ningún vestido, pero sé cual no me sienta bien". La actriz trata de decirle que abandona la agencia, pero le sabe fatal. Entre chiste y chiste, la serie nos abre la realidad en canal. ¿Quién no ha vivido una ruptura, ya sea personal o profesional? Con estas palabras, Macarena le da a entender a su primera representante que, como más adelante suscribirá un personaje de Secun de la Rosa, "se está quedando antigua" para ella. Macarena le quiere y le agradece lo vivido, pero, aunque persigan las mismas metas, sus métodos son distintos.

Nos quedamos con el reflejo del espejo, con las personas que ocupan el plano. Pero fuera de esos encuadres hay personas indispensables que alientan a los que dan la cara. Paquita es un personaje de ficción que habla y actúa en nombre de personas reales, de trabajadores que todavía mantienen viva una profesión que tiende a renovarse con la quinta marcha en todo momento. En cada acelerón es difícil centrarse sin dejarse embriagar por esos chutes de adrenalina. Paquita es esa madre que en mitad de todo el follón sale al escenario para subirte la cremallera. Te podrá dejar en evidencia, pero su mejor intención es protegerte y que luzcas lo mejor de ti.

Volviendo al personaje de Secun de la Rosa, se trata de César Macarrón, que fue discípulo de Paquita, a quien le debe sus inicios como agente. El muchacho ha ascendido y ya representa a muchas estrellas. Cuando se encuentra con su "madrina", Macarrón no sólo no muestra alegría o gratitud, sino una indiferencia casi insultante. Sabe que las horteradas de Paquita no caen en gracia a la élite. Es incapaz de mirarla a los ojos cuando ésta le replica cariñosamente que hace tiempo que no le llama. Él responde con cierta vergüenza ajena, que no propia: "Es que llevo mucho jaleo, Paquita".
Paquita
De Navarrete a Madrid.
Cuando Brays Effe fue galardonado con el Premio Feroz al Mejor Actor, clamó que los gordos y feos también pueden contar historias. En la serie, Mariona Terés reivindica lo mismo ante la prepotencia de un director de teatro: "¡Estoy harta de que no me veáis ni me escuchéis! ¡Esta gorda es una estrella!". Pero en la serie, una directora de casting interpretada por Ana Milán asevera que el mercado atiende a los cánones de la juventud, la belleza y la fama. No se pueden arriesgar con la taquilla apostando por rostros desconocidos. Por tanto, como no tiene más de tres ceros en su número de seguidores en Twitter ni parece contar con lo necesario para seducirlos, es rechazada. Si te dedicas a la creación, prepárate para ser ignorado la mayoría de las veces.

Y es que es difícil soñar algo que tanta gente desea... Son palabras de Clara, una joven que cuida a la madre de Paquita Salas en su pueblo natal, Navarrete. Clara fue una de las actrices emergentes con las que trabajó Paquita. Tuvo que huir de la polémica, dado que ambas se enfrascaron en un buen lío cuando decidieron mentir piadosamente acerca del currículum de Clara. Viralizaron fotos trucadas y declaraciones en las que daba a entender que se codeaba con gente de Hollywood. Ese empeño por querer "parecer sin ser" a través de las redes...

En el momento que Paquita le propone a Clara redimirse con un nuevo trabajo, ella se niega despavorida, rememorando el vértigo de las pruebas, las críticas, las formas... En el pueblo se encuentra cómoda y puede seguir involucrada en lo que le gusta, impartiendo clases de teatro a los niños. Allí la miran como una estrella. Tiene lo que buscaba desde el principio, pero no de la manera que imaginaba. Está alejada de la selva madrileña, del ruido ensordecedor y de la nebulosa que confunde a más de un compañero.

Pedazo de mensajes. La comedia siempre encubre algo de verdad. Y si Netflix ha querido aprovechar la oportunidad de que Paquita siga viviendo desventuras es por algo. La serie refleja verdadera destreza en cuanto a guión, interpretación, realización y montaje. Es un espejo nítido de la alta comedia que nos llega de otros países. Apoyo enormemente a 'los Javis' para que sigan sacándole brillo.

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El espejo de Paquita Salas
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